La música clásica, el amor de mi vida

Chelista en barca

No sé cantar, tampoco sé silbar y, hasta hace poco, no podía decir que sabía tocar un instrumento. Esta última carencia cambió, oficialmente, hace dos semanas cuando conseguí un titulo en el que pone que he logrado convencer al profesor, tras una prueba de diez minutos, de que tengo una ligera idea de piano y que he aprobado el primer curso. Por supuesto, soy consciente de que, cuando se trata de música, no importa lo poco o gran experto que uno sea técnicamente, no importa si tu relación con la música es exclusivamente de oyente porque la música no entiende de habilidades, nacionalidad, religión o lengua. Es el acto más mágico de comunicación.

Con estas palabras comienza el discurso que dio el cómico y productor radiofónico de la BBC Armando Iannucci en 2006 en los premios de la Royal Philharmonic Society. Un discurso muy emotivo y entusiasta que me gustaría compartir con vosotros (disculpad por los posibles errores en la traducción) coincidiendo con el primer aniversario de La Tabla Armónica.

El discurso de Iannucci reflexiona sobre algunas de las cuestiones que todo amante de la música, tanto si es profesional como si es aficionado, se ha planteado en alguna ocasión: la necesidad que tenemos de hablar de música y de comunicarnos con otras  personas sobre nuestra pasión por este maravilloso arte. Espero que os guste.

La palabra comunicación es sobre lo que quiero hablar: cómo nosotros –lo que yo denomino comunidad artística- nos comunicamos con nuestro público y cuánto dejamos que ellos se comuniquen con nosotros. Lo enfocaré en la música, pero mis pensamientos se refieren a todas las artes en general. He elegido la música porque, a pesar de mi falta de experiencia técnica, es la expresión artística que me hace más feliz.

La música clásica ha sido para mí lo más inspirador, lo más emotivo, el hilo conductor mágico de toda mi experiencia cultural. Es la forma artística en cuya presencia me siento más a gusto, más yo mismo. Y, probablemente, no fuera accidental que cuando inicié mi carrera de cómico lo hiciera como productor de radio, trasteando con el sonido.

Puedo trazar mi amor por la música clásica desde el momento en el que, con 11 años, asistí a mi primera clase de apreciación musical y la aguja de un destartalado tocadiscos cayó con golpe atronador sobre un disco rayado de Los planetas de Holst. Entonces, empecé a escuchar sonidos que me entusiasmaban de tal forma como nunca lo habían hecho los discos de Deep Purple y King Crimson de mis hermanos.

Adolescentes con cascos

Así comenzó mi carrera musical como oyente. Poco después, comencé a disfrutar de una fantástica e inmensa colección de discos perteneciente a una biblioteca pública que acababan de abrir unas cuantas calles más abajo. Y devoré a Beethoven, a Mahler, a Sibelius, a Shostakovich, la maravillosa Pasión según San Mateo de Bach, las excentricidades de Berlioz, la pureza de Bruckner, la inventiva de Nielsen. Cuando descubrí Radio 3 mis hallazgos se ampliaron. Con poco más de dieciocho años escuché la integral de las sinfonías de Rubbra, las cuales me fascinan desde entonces. Descubrí a Bartòk, Walton y sonidos extraños como los de Xenakis.

Me encantaban los sonidos extraños. No tenía ni idea de lo que se consideraba música contemporánea o antigua, de vanguardia o de una determinada época. Toda ella era maravillosa y nueva. No me asustaba la vanguardia porque no sabía lo que era la vanguardia. Me di cuenta de ello hace unos cuantos años llevando a mi hijo al colegio, que contaba con ocho o nueve años. Sonaba una pieza de Ligeti en la radio. Para que no desconectara de lo que quizá él pudiera interpretar como algo extraño, como un ruido molesto, intenté hacer una sencilla analogía “Suena un poco como abejas zumbando, ¿verdad?” le dije. Él prestó atención durante un momento y entonces dijo: “No, suena como un montón de pingüinos luchando por un pez y solo uno de ellos se queda con él”.

Tenía razón; a eso sonaba precisamente. Mi hijo escuchaba con más atención que yo. Y esto me hizo caer en la cuenta de que yo estaba demasiado preocupado porque la música clásica le resultara demasiado compleja y la rechazara.

Y esa preocupación era innecesaria porque el hecho de etiquetar la “dificultad” de la música era una forma exclusivamente adulta de categorizarla desde un principio. Para él, que no sabía nada de cromatismo, armonía o serialismo ni nada que tuviera que ver con la teoría musical, no había ninguna razón para etiquetar lo que estaba sonando como algo muy diferente a , por ejemplo, Haendel. Era, sencillamente, un conjunto de sonidos ordenados, atractivos e interesantes. De igual manera, cuando yo escuché por primera vez a Rubbra desconocía por completo que su música, junto con la música de otros muchos sinfonistas ingleses de los cincuenta, sesenta y setenta, había sido proscrita en las radios y las salas de conciertos porque se consideraban vergonzosamente tradicionales. Así que no tenía ni idea de que aquello no debería gustarme.

Escuchar música clásica es un viaje, no un estado, es una actividad, no es meditación. La música no es un sonido de fondo. Es algo que pones en primer plano de tu experiencia interaccionando con ella y que exige trabajo. Hace poco que he empezado a escuchar verdaderamente a Schumann, Haydn y, especialmente, a Bach y he comenzado a experimentar esa sensación de riqueza y profunda satisfacción que sentí de forma casi inmediata con Mahler cuando era adolescente. Soy consciente de que es fácil caer en un lenguaje pretencioso y pseudo-místico cuando intentamos hablar sobre nuestra propia experiencia con la música clásica, pero ello no debe impedirnos seguir intentándolo.

No hablamos suficientemente de música. Me considero una persona que nunca ha manejado el lenguaje técnico y creo que lo único que puedo hacer es hablar sobre música en el lenguaje que domino. Me gusta expresar cómo me siento. Después de un concierto me dan ganas de agarrar a la gente por las solapas y decirles lo afortunados que somos como especie, porque de los cientos de miles de millones de nosotros que han existido, uno de los nuestros ha conseguido dar con las Variaciones Goldberg. Pero no lo hago, porque tal cosa no resultaría adecuada. En cambio, sí comento que la cafetería de la entrada tiene unas estupendos pastelitos de chocolate.

Siempre me asombro de la manera tan silenciosa en la que la gente abandona las salas de concierto y, en el caso de que hablen, es sobre si recuerdan donde aparcaron el coche o de si la soprano llevaba un vestido bonito o no. Creo que es porque, lo que la música nos produce, es algo tan personal que no está bien visto ir proclamándolo a los cuatro vientos.

Es imposible que alguien tenga un “conocimiento” absoluto de la música, pero pienso que, en nuestros días, existe la obligación de hacer llegar a la mayor cantidad de gente posible mucha más información de la que realmente disponen. Y no me estoy refiriendo a que la música debería ser más accesible por medio de trucos de marketing. Por eso, siempre recelo de cualquier concierto en el que ponen otras cosas en el lugar de la música -fuegos artificiales, pantallas láser- como si temieran que la música por sí misma no fuese suficiente.

Tampoco quiero decir que la industria de la música clásica tenga que empezar a expresarse torpemente en el lenguaje de la calle, al estilo de “Beethoven era un tipo loco” y “Wagner hizo películas de acción”. No me refiero a eso, sino que debería desarrollarse un lenguaje que hablase al público considerando su inteligencia y ganas de aprender y que la industria tuviera en cuenta que la audiencia se hace preguntas que deben ser respondidas.

Orchestra_dell'Accademia_Nazionale_di_Santa_Cecilia

Cuando empecé a ir a conciertos fue cuando me di cuenta de que ver la interpretación de una pieza musical en directo era la mejor manera de saber de qué iba. No necesitaba palabras ni aclaraciones. Mis recuerdos musicales más preciados son de conciertos en vivo, de ver y escuchar El festín de Baltasar (Belshazzar´s Feast) por primera vez en Glasgow y de sentirme abrumado por la violencia y la energía de la música de Walton; de ver cómo era La consagración de la primavera, no de cómo sonaba. Pero fuera de la sala de conciertos percibo que hay cada vez un mayor interés por desarrollar una comunicación verbal sobre música. A medida que la educación musical disminuye en las escuelas, el lenguaje se pierde pero la necesidad se mantiene. La gente quiere tener conversaciones con fundamento sobre por qué es importante la música y por qué son importantes las artes.

Por eso, pienso que es necesario debatir tanto emocionalmente como intelectualmente sobre música. La música es un diálogo entre el corazón y la cabeza. Sin embargo, con demasiada frecuencia, las críticas musicales se concentran en lo bien que se ha tocado una pieza pero no en el porqué se debe tocar esa pieza.

Debemos ser conscientes de que la gente se pregunta cuestiones básicas como: ¿Por qué somos musicales? ¿Por qué escribe la gente sinfonías? ¿Por qué hemos inventado el cuarteto de cuerda? Parecen preguntas pueriles, pero deben alentarnos a mantener el entusiasmo y a explicar, y demostrar, las respuestas que nos dimos por primera vez al comenzar nuestro viaje musical y que nos animaron a hacer este viaje.

Tal y como me parece, así como los intérpretes intentan tocar como si lo hicieran por primera vez, con toda la energía y la emoción que se siente al descubrir una nueva obra (quizás intentando rememorar la sensación de enamoramiento que sentíamos de niños cuando escuchábamos una pieza por primera vez), creo que debemos comunicar nuestro saber con la pasión que sentíamos cuando éramos niños.

iannucci

Me resulta increíble que vaya a confesar esto, pero reconozco que no puedo escuchar a Mozart. No es que me disguste, sencillamente me produce indiferencia. Soy consciente de que pertenezco a una minoría y estoy intrigado por ello. Lo comenté en el descanso de una retransmisión de Radio 3 hace unos meses y el director, Roger Wright, un tanto maliciosamente, lo difundió en mitad de una retransmisión en directo de Las Bodas de Figaro. Recibí la mayor respuesta que jamás había tenido. Montones de cartas y emails, ninguna hostil. Una o dos me confesaban que estaban de acuerdo conmigo. Pero, la gran mayoría, pacientemente, de manera conmovedora, me explicaban por qué amaban a Mozart.

Pienso que debemos continuar haciéndonos la pregunta más elemental sobre la música y sobre el arte. ¿Para qué sirven?

Para mí, simplemente existen para recordarnos que, independientemente de dónde estemos, de los conocimientos que tengamos, estemos presos, seamos pobres, tengamos éxito, estemos solos o en compañia, no solo dependemos de nuestras circunstancias materiales, sino que podemos ver más allá de nosotros mismos, que somos humanos y por tanto dignos. Esa es mi respuesta. Estoy seguro de que cada uno tendrá la suya. Solo desearía que todos tuviéramos más ocasiones de expresarlo.

En realidad, prefiero la respuesta que me dio mi examinador en el examen de primero de piano. Me miró y me dijo: ¿Tu eres el que te examinas?, y cuando le dije que sí, exclamó, “¡Bien por ti! Creo que esto resume mejor que nada mi viaje musical hasta el momento.

En este enlace podéis leer el artículo original en inglés.

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10 comentarios en “La música clásica, el amor de mi vida

  1. Impresionante que alguien capaz de expresar con tanta sensibilidad y pasión su amor por la música quede indiferente ante la obra de Mozart ¿Cómo es posible, por ejemplo, que no se le ponga la piel de gallina al escuchar su Requiem? ¿O que no aprecie la belleza de sus sonatas para piano?
    ¡Enhorabuena por un año de La tabla armónica!

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    • Pues sí, es difícil de creer que alguien sienta indiferencia por la música de Mozart (yo me quedo con algunos de sus conciertos para piano, el concierto de clarinete y las últimas sinfonías) y más siendo un melómano como Iannucci. Pero, bueno, ya sabemos que sobre gustos aún no se ha escrito nada…afortunadamente. ¡Gracias por la felicitación!

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    • ¡Gracias David! Me alegro de que te haya gustado tanto como a mí. Desde luego que el texto es muy emocionante y expresa con mucho acierto el sentir de todos los que amamos este maravilloso mundo de la música clásica. Un abrazo.

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